Me llamo César Sandoval. Se
que esto no dice mucho de mí, siendo este un nombre tan frecuente; especialmente en Piura, lugar dónde los azares
llevaron a mi madre-chilena ella- a parir a su primogénito y a mi padre -peruano
él- a darme por nombre César. Créanme que, si la buena suerte, les llevase al
norte del Perú y ahí a Catacaos; recorriendo su cementerio, que está a la
entrada del pueblo, verían lápidas, nichos y cruces sembradas de “Sandovales”,
“Zapatas” y “Yarlequés”. Pero siempre muchos más Sandovales…ah, y más de un César.
Pamela, amor imposible por
tantos años y ahora real, así lo
comprobó. Además dijo, en referencia a la gente, las calles e historias de este
Catacaos, que era lo más parecido al Macondo de la novela. Pensándolo bien,
tiene razón. Como sea, ese lugar cobijó
buena parte de mi niñez. Ahí, bajo el calor eterno, techos de carrizo y paredes
blancas de adobe aprendí, entre otras cosas, a caminar y a leer.
Mis raíces también tienen de
australes y cordilleranas. Ires y venires de mis padres y sus tres hijos, entre
el norte y el sur del continente, por un sinfín de causas, hicieron que, hace
ya 3 décadas, un día el péndulo se detuviera en Santiago de Chile. La otra
parte de mi niñez: de pichangas fragorosas, de tardes de lectura y dibujo, de
mi primera ida al estadio y mi adolescencia: de ver nacer a mis dos hermanas,
de scoutismo, de reuniones clandestinas, de caminar Chile y algo de Sudamérica,
de vaivenes escolares y vocacionales, de mi aterrizar en la psicología y de
descubrir a Pamela en una esquina de la plaza, han tenido por escenario a
Ñuñoa.
¿De mi adultez?, lo que casi
todo adulto a mi edad ya vivió (o debería probar vivir): querer y ser querido
(no necesariamente al mismo tiempo), Penas, alegrías, aciertos, errores
forzados y no forzados.
He perseverado y me he rendido, he llorado muertes, despedidas y reencuentros. Amo el arte en casi todas sus formar, la buena mesa y la sobremesa de una tarde apacible… y si es con amigos y hermanos, se me hace sublime. El amor de Pamela- único en mi vida-y el ser padre de Darío, Simón y Santiago en menos de un lustro, son parte de mi felicidad presente.
He perseverado y me he rendido, he llorado muertes, despedidas y reencuentros. Amo el arte en casi todas sus formar, la buena mesa y la sobremesa de una tarde apacible… y si es con amigos y hermanos, se me hace sublime. El amor de Pamela- único en mi vida-y el ser padre de Darío, Simón y Santiago en menos de un lustro, son parte de mi felicidad presente.
En fin, este César Sandoval
soy yo. Creo que, por ahora, eso bastará para
diferenciarme, sin problemas ni complicaciones, de los César Sandoval
que ya conozcan o con los que, tarde o temprano, se toparán. Pero
por cualquier duda y para aplacar mi mañosa inseguridad: soy César Sandoval…
Ortiz.
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