sábado, 14 de abril de 2012

Para que nos vayamos conociendo...


Me llamo César Sandoval. Se que esto no dice mucho de mí, siendo este un nombre tan frecuente; especialmente en Piura, lugar dónde los azares llevaron a mi madre-chilena ella- a parir a su primogénito y a mi padre -peruano él- a darme por nombre César. Créanme que, si la buena suerte, les llevase al norte del Perú y ahí a Catacaos; recorriendo su cementerio, que está a la entrada del pueblo, verían lápidas, nichos y cruces sembradas de “Sandovales”, “Zapatas” y “Yarlequés”. Pero siempre muchos más Sandovales…ah, y más de un César.
Pamela, amor imposible por tantos años y ahora  real, así lo comprobó. Además dijo, en referencia a la gente, las calles e historias de este Catacaos, que era lo más parecido al Macondo de la novela. Pensándolo bien, tiene razón. Como sea,  ese lugar cobijó buena parte de mi niñez. Ahí, bajo el calor eterno,  techos de carrizo y paredes blancas de adobe aprendí, entre otras cosas, a caminar y a leer.
Mis raíces también tienen de australes y cordilleranas. Ires y venires de mis padres y sus tres hijos, entre el norte y el sur del continente, por un sinfín de causas, hicieron que, hace ya 3 décadas, un día el péndulo se detuviera en Santiago de Chile. La otra parte de mi niñez: de pichangas fragorosas, de tardes de lectura y dibujo, de mi primera ida al estadio y mi adolescencia: de ver nacer a mis dos hermanas, de scoutismo, de reuniones clandestinas, de caminar Chile y algo de Sudamérica, de vaivenes escolares y vocacionales, de mi aterrizar en la psicología y de descubrir a Pamela en una esquina de la plaza, han tenido por escenario a Ñuñoa.
¿De mi adultez?, lo que casi todo adulto a mi edad ya vivió (o debería probar vivir): querer y ser querido (no necesariamente al mismo tiempo), Penas, alegrías, aciertos, errores forzados y no forzados. 
He perseverado y me he rendido, he llorado muertes, despedidas y reencuentros. Amo el arte en casi todas sus formar, la buena mesa y la sobremesa de una tarde apacible… y si es con amigos y hermanos, se me hace sublime. El amor de Pamela- único en mi vida-y el ser padre de Darío, Simón y Santiago en menos de un lustro, son parte de mi felicidad presente.
En fin, este César Sandoval soy yo. Creo que, por ahora, eso bastará para  diferenciarme, sin problemas ni complicaciones, de los César Sandoval que ya conozcan o con los que, tarde o temprano, se toparán. Pero por cualquier duda y para aplacar mi mañosa inseguridad: soy César Sandoval… Ortiz.